martes, 14 de diciembre de 2010

"Estuve mirando al techo, y el techo me estuvo mirando a mí"

Eso le suelta un sospechoso de homicidio al inspector de policía de un pequeño y fantasmagórico pueblo a un sencillo "¿y qué hizo después?" espetado por éste. El sospechoso de homicidio es un importante escritor; el inspector de policía es un gran admirador suyo. El primer personaje lo interpreta Gérard Depardieu; el segundo, Roman Polanski. La película se llama "Una Pura Formalidad" (Una Pura Formalità, 1994) y el guionista y director es Giuseppe Tornatore.

Prácticamente toda la historia transcurre durante una lluviosa y tormentosa noche, dentro de la comisaría del pueblo, en la que se produce un largo y extraño interrogatorio. En su faceta como actor, Polanski sorprenderá a muchos, aunque sólo sea por mantener perfectamente el tipo frente a un monstruo de la interpretación como Depardieu, inmenso en todos los sentidos. En gran medida, ellos dos son la película y ya sólo por su presencia, "Una Pura Formalidad" resulta interesante y digna. La dirección de Tornatore, conocido por su famosísima "Cinema Paradiso" (Nuovo Cinema Paradiso, 1988), es un vehículo para su propio lucimiento.


Hay que tener en cuenta que en estas películas con pocos personajes y un espacio muy limitado siempre encontraremos una dirección que intenta explotar todas sus posibilidades -para captar la atención del espectador- y un guión que necesita más trampas de las habituales -para mantener hasta el final las condiciones minimalistas de la historia-. Una dirección demasiado vistosa puede distraer al espectador, o puede resultarle cargante por la variedad de planificaciones (algunas de ellas no serán de su agrado); las trampas de un guión deben introducirse y administrarse con inteligencia, porque si el espectador las descubre demasiado pronto su interés decaerá irremediablemente. A veces se acierta y a veces no. Una obra maestra como "La Huella" (Sleuth, 1972), dirigida por Joseph L. Mankiewicz, tiene su contrapunto terrible en el remake, del mismo nombre, producido en 2007 y dirigido por mi admirado Kenneth Branagh. En la interesantísima "Enterrado" (Buried, 2010), de Rodrigo Cortés, al llevar al máximo estas premisas de pocos personajes y espacio reducido, se observan perfectamente estas dos necesidades.

El caso es que "Una Pura Formalidad" es un buen film, con un atractivo duelo interpretativo, que logra distanciarse de películas más convencionales gracias a pequeños detalles y a los cambios de rumbo de la narración. Aunque comienza como un thriller, la conversación entre los dos personajes principales nos conduce a una reflexión no sólo sobre la vida y la muerte sino también sobre el carácter de los mitos y la personalidad del artista con la que yo he disfrutado bastante.


En cierto momento, el inspector repite un fragmento de un libro escrito por su prisionero que éste no reconoce como suyo. En otro, el escritor se lamenta y dice que si hubiera sabido lo que algunos hicieron después con su obra, se habría cortado la mano.

Y esto es lo que me lleva a plantear, por fin, el tema por el que hoy he vuelto a escribir. ¿A quién pertenece la obra de arte? ¿Pertenece al artista o al observador que la interpreta?

El debate que quiero plantear no tiene nada que ver con derechos legales ni con el tema tan manido de la propiedad intelectual. Está claro que el artista, como creador, es responsable y primer beneficiario de sus creaciones. Esa relación de pertenencia es clara. Ahora bien, ¿no es menos cierto que cuando yo accedo a una obra de arte y la interpreto, la estoy haciendo mía? No necesito al autor para comprenderla -si un autor necesita explicar su obra más le valdría haber hecho otra cosa diferente- y, lo que es más relevante, mi opinión con respecto a la obra podría diferir de la suya. Si estuviéramos hablando de bicicletas y yo defendiese el uso de éstas para cascar nueces en vez de para lo que se inventaron, probablemente alguien me tendría que internar en algún centro especializado. Pero no estamos hablando de bicicletas, estamos hablando de arte. Estamos hablando de arte, de emoción, de sensibilidad. De subjetividad, al fin y al cabo.

Sé que hay gente mucho más docta y sabia que yo que defiende que la obra pertenece al artista. Que es básico, esencial, fundamental, conocer al artista para acceder plenamente a la obra. Sin duda, el artista tendrá muchas cosas que decir sobre su obra y seguro que muy interesantes (yo me trago los comentarios del director en DVD, ¿qué pasa?) pero, al final, la obra es la que sobrevive al artista. Su vida es independiente de la de su creador. Esa es mi opinión, que el arte nos pertenece a todos.

Sin embargo, confieso que me molesta ser de esta opinión. Porque se trata de una opinión predominante, fácil, casi ingenua. Porque la defiendo frente a otros que, además de ser más cultos e inteligentes que yo, se atreven a ir contracorriente.